Jan 24, 2010 | Water

La Sed


23 Ene 2010 - 11:59 pm
EL ESPECTADOR

La sed
Por: Alfredo Molano Bravo
EL PAÍS ESTÁ EN VERANO. NO LLUEVE en la costa Atlántica, no llueve en la Amazonia. No llueve en Bogotá.

Los cielos amanecen huérfanos de nubes. Un azul —azul, azul—  no permite albergar esperanzas. No hay atisbos de agua. Los embalses disminuyen en forma alarmante. En 100 municipios los acueductos están secos. Los bosques de pino y los páramos de paja se incendian, 11.000 hectáreas han ardido. En regiones de altura superior a 2.500 metros  hiela, los charcos amanecen congelados. Las vacas no dan leche. Las temperaturas bajan a menos cinco grados  en la madrugada y a las dos de la tarde el mercurio marca 28 grados. La gente se derrite  al mediodía. ¡Catástrofe!
El Gobierno no tarda en declarar la emergencia ambiental y se excusa con el argumento de El Niño, La Niña, la Corriente de Humboldt, el efecto invernadero, el calentamiento global, la naturaleza, en fin, la Divina Providencia, tan de moda en estos días. Excepto los dogmas de fe, hay cierta razón en las explicaciones oficiales. El Niño nos afecta cada siete u ocho años, pero hay niños “moderados” y niños “malcriados”; el calentamiento global también nos afecta. La industrialización, el crecimiento demográfico y la deforestación son las causas más fuertes del desequilibrio climático. Eso está claro. Así lo acepta Naciones Unidas. Lo que el Gobierno esconde es que el agua en el país se agota a pasos gigantescos en los veranos y nos inunda en los inviernos a causa de la deforestación de las cuencas. Las cifras han variado. En los 80 la superficie de selva tumbada fue de unas 200.000 hectáreas, hoy es la mitad. Ya las ganaderías están hechas y los colonos han encontrado en la coca la manera de subsistir, aunque la fumigación los haya hecho emigrar de la Amazonia al Pacífico, donde, además, la explotación maderera es inatajable. Se habla de que sólo en Chocó se sacan más de  millón y medio de metros cúbicos de madera. Al paso que vamos, en veinte años desaparecerán los casquetes de lo que aprendimos a llamar en la escuela nieves perpetuas. Hoy por hoy, el problema es la sed. Y el baño, de paso. En Duitama, por ejemplo, la gente no ha podido bañarse este año.
Hay que repartir cargos. Entre el 96 y 2002 los gobiernos con dineros del BM y del BID lograron reforestar unas 90.000 hectáreas en las cuencas de los acueductos municipales. Pero en los últimos siete años de Uribato, esa plata se perdió en infraestructura sanitaria: obras en cemento y hierro que significan contratos; o sea, pago de favores electorales. La conservación de las cuencas es una obligación del Estado que el Gobierno enterró para hacer la guerra. El Ministerio de  Ambiente está dedicado a tramitar licencias para las empresas mineras. Si esas políticas de conservación no hubieran sido liquidadas, quizá para el final de la década  podríamos llegar a la situación que vive hoy Pereira, una muestra de que las cosas sí se pueden hacer.
El río Otún, que nace en el Nevado de Santa Isabel y desemboca en el río Cauca, alimenta los acueductos de Pereira y Dosquebradas. En 1948 —¡1948!— el Ministro de Agricultura declaró la cuenca del Otún Zona de Reserva Forestal, unas 25.000 hectáreas; en 1951, la Ley 4ª declaró la zona de utilidad pública y en el 59 se creó el Parque de los Nevados. Sobre esta base legal, que tuvo más de un problema con grandes hacendados y no menos con campesinos,  alcaldes y la ciudadanía, se dedicaron a sanear los títulos de propiedad y a reforestar. Se cometieron errores como la siembra de pino pátula y de eucalipto —y hoy uno mayúsculo: la construcción de una carretera para beneficiar las inversiones del inefable Bessudo en el Parque  de los Nevados—, pero en conjunto el Otún ha logrado aumentar y sostener los caudales aun en veranos como el que nos quema. En épocas normales el río bota unos seis o siete metros cúbicos por segundo; en verano, baja a sólo cuatro metros. La cuenca se ha reforestado con robles, chaquiros y cocoras, y ha incluido la conservación de humedales, de tal forma que la zona es ahora una gran esponja que suelta el agua poquito a poco. A diferencia, el río Quindío, que surte el acueducto de Armenia, está casi seco y la ciudad se prepara para un racionamiento dramático. La motosierra, las vacas y la papa hacen mucho daño.